Esta noche se entregan los Goya

Hoy los periódicos traen reportajes y suplementos especiales, porque hoy a las 22h. se celebra la gala de la entrega de los premios Goya, que se puede ver en TVE1. Ya sabéis que Jonás Trueba está nominado a mejor dirección novel y Oriol Vila a mejor actro revelación. Les deseamos mucha suerte a los dos.

Dejamos aquí el reportaje que aparece hoy en El País Semanal con motivo de 25 aniversario de los premios.

25 aniversario de los Goya

Forman parte del recambio. Aportan energía nueva a nuestro cine, que hoy celebra el 25º cumpleaños de los premios Goya. Corren tiempo convulsos, pero también de ilusión, para la industria de los sueños. ¿De dónde venimos?, ¿adónde vamos?

Roza lo metafórico; la película que, hace 25 años, barrió en la primera gala de los premios Goya fue El viaje a ninguna parte, aquella amarga comedia de Fernando Fernán Gómez sobre el desconsolado mundo de los cómicos españoles. Fernán Gómez no asistió a la ceremonia, ni siquiera la vio por la tele. Cenó pronto y se acostó. Los premios, decía, no eran buenos para la salud. Le excitaban. Un cuarto de siglo después de aquella primera gala -que costó 31 millones de pesetas, fue tachada de hortera y tenía a José María Gonzalez-Sinde (padre de la hoy ministra de Cultura) como presidente de la Academia-, las cosas han cambiado radicalmente, aunque ese viaje a ninguna parte parece persistir, palpitando en esta comunidad de hombres y mujeres que se dedican con mayor o menor fortuna a hacer películas.

El panorama es, ciertamente, muy distinto. No es fácil aventurar los derroteros en los que se desenvolverá este gremio en la próxima década. El cine español pasa por una de sus transiciones más críticas, cada vez más polarizado entre grandes y costosas producciones y un cine de bajísimo presupuesto y producción casi casera que intenta abrirse paso al margen de los circuitos comerciales al uso. En plena reestructuración de un sistema de financiación que le sustenta como al paciente crónico que siempre fue, en la encrucijada tecnológica que define una deriva cada vez más global de la narrativa cinematográfica y, además, en el pozo negro de la piratería -que no solo ha devaluado el soporte sino también la necesidad de que exista alguien que quiera contar una historia y de alguien quiera invertir en ella-, se sitúa una cinematografía que, como explica Enrique López Lavinge, uno de los productores más punteros del momento, vive el “peor desencuentro” con el espectador de toda su historia. “Esa resistencia, generada desde la confusión política y desde quienes ven al cine español como un género en sí mismo, ha desembocado en una de las paradojas más crueles e injustas de todo el cine occidental: el desprecio del espectador español hacia un cine poderoso y fresco que ha sorprendido al mundo entero y que, al igual que los éxitos en el deporte de estos últimos años, ha conseguido hacerse un hueco en el cada vez más globalizado panorama del cine actual”.

En efecto, el cine español parece más que nunca un lujoso escaparate de estrellas internacionales (basta citar a Pedro Almodóvar, Javier Bardem, Penélope Cruz) pero también lo es de aspirantes a estrella muy alejados de la barra de aquel humeante café de donde parecían llegar esos cómicos que jamás pisaron una alfombra roja ni sabían lo que era un photocall a la puerta de un estreno. El actor secundario, estirpe de la que se alimentó el cine de Berlanga y el de muchos otros hasta no hace tanto tiempo, ha dejado paso a una generación de chicas y chicos de portada de revista capaces de darle lustre a cualquier gala, ceremonia o evento con su simple presencia. La tele les ha visto nacer y ahora solo falta saber si el cine les verá crecer.

“Hoy para hacer una película hace falta haber pasado por la tele, al revés que hace unos años, cuando la tele dañaba la imagen de un actor que quería hacer cine”, reconoce Sara García Prado, agente especializada en jóvenes. La fama de Mario Casas (probablemente hoy el actor de mayor tirón popular) surgió en la televisión, en la serie Los hombres de Paco. A sus 24 años, Casas lleva desde los ocho haciendo anuncios, vive en El Escorial con sus padres y prefiere ver una buena sitcom inglesa o americana que una película, venga de donde venga. Para su personaje en 3 metros sobre el cielo, la película española más taquillera de los últimos tiempos -una historia de motos, barrios altos y bajos y primeros amores que se ha convertido en un verdadero fenómeno entre el público adolescente-, el actor vio una y otra vez el trabajo de Javier Bardem en Jamón, jamón. “Desde muy pequeño me fijé en él, siempre quise parecerme”, asegura este nuevo ídolo de las masas teen.

Jan Cornet, de 28 años (le veremos en la última película de Pedro Almodóvar, La piel que habito), se alinea con Casas: “Bardem es el ejemplo, es tan difícil lo que hace y lo hace de una manera tan hermosa”. Cornet vive en un piso con otros actores, prepara un viaje a Nepal para ayudar en la ONG de unos amigos y, puestos a encontrarle un parecido, su físico está mucho más cerca de River Phoenix que del de cualquier actor nacional. Aunque el cine patrio es hoy menos que nunca una mina de oro, Cornet lo tiene claro: “Esta profesión es estar en la cuerda floja todo el rato. Pero sé al 100% que siempre trabajaré en esto”.

Ser actor requiere hoy más arrojo y valentía que nunca; depende de la llamada de una industria cuyos cimientos tiemblan. “Las series son hoy nuestra bolsa de trabajo más grande”, dice la actriz Barbara Lennie, que ha optado por una tercera vía para no volverse loca esperando a que suene el teléfono: el teatro. “Te traiciona menos. Es como si fuera un mundo más justo en el que no pueden estar un año sin llamarte porque siempre puedes hacer algo. Para mí fue una tabla de salvación, me ha dado la vida. Llevaba medio año sin trabajar y no entendía nada. ¿Por qué no hago una prueba? ¿Por qué no me llama nadie?”. Lennie, todavía de gira con La función por hacer, es de las que siente cierta nostalgia por el mundo de la generación de actrices (Emma Suárez, Maribel Verdú, Ariadna Gil…) anterior a la suya: “Me hubiera gustado vivir aquellos momentos, ellas no tenían que pasar por campañas de promoción como las de hoy porque todo era más tranquilo y la escala mucho más humana”.

Esa escala humana tiene que ver con ese cine de clase media que parece tocado de muerte con esa polarización entre películas artesanales (con recursos muy ajustados y financiación periférica en su mayoría) y las películas evento (cada vez más cercanas al terrible sistema impuesto en Hollywood de selección natural en el que el valor lo fija lo recaudado por la ultima película). Aventuras del tipo El otro lado de la cama o Días de fútbol, que lograban sin más pretensiones y con presupuestos medios ese deseado consenso entre calidad-público y crítica, parecen tocadas de muerte. En este clima inestable, el cine español se ha disparado al futuro con producciones de aspiración internacional como Intruders (la última película de Juan Carlos Fresnadillo, protagonizada por Cliwe Owen, Daniel Brühl y Pilar López de Ayala) y Lo imposible (de Juan Antonio Bayona, con Naomi Watts y Ewan McGregor al frente del reparto).

Siendo películas 100% españolas, ambas han sido rodadas en ingles y están previamente vendidas al mundo entero. Al frente de la productora Apache, López Lavinge, explica así la paradoja: “Estas películas son un fiel reflejo del signo de los tiempos, del cambio radical en los modelos que conocemos como cine español que ya no se ajustan a ningún estándar y que posiblemente nos permitan desembarcar en otras playas y luchar en otras trincheras lejos de la sensación de agotamiento que desprenden las noticias que generamos”. Apache también está detrás de Verbo, ópera prima de Eduardo Chapero Jackson.

Producir una primera película será cada vez algo más difícil, con presupuestos casi un 40% por debajo a los de hace un par de años. Mar Coll logró en 2010 el Goya a la mejor dirección novel con Tres días con la familia. El filme fue un pequeño acontecimiento que barrió en el festival de Málaga y también en los circuitos catalanes. Forma parte del proyecto de la ESCAC (Escuela de Cine de Cataluña) y Escándalo Films para producir óperas primas a sus alumnos. La propia cineasta reconoce que su segundo paso será, en todos los sentidos, más difícil. De momento, vive como una estudiante pese a casi alcanzar la treintena y escribe un nuevo guión. “Yo creo que hay un claro recambio generacional”, dice esta directora que no quiere que el cine la desconecte de la realidad sino que le dé “otro enfoque”. Escribió Tres días con la familia en México, durante los cuatro años que vivió allí: “Disfruté mucho con el proceso de escritura, es el momento en el que todavía puedes hacer la mejor película del mundo. El rodaje tiene un componente de frustración muy elevado porque te das cuenta de que no será la mejor película del mundo. Pero por otro lado es bonito descubrir como se irá componiendo”.

En medio de este paisaje, el cine español cuenta con su peor cuota de mercado. Y eso que no se habla de otra cosa que del cine español, ese cine español, dicen, que siempre estuvo en crisis, siempre tuvo inclinación a las predicciones agoreras y siempre sobrevivió bandeando temporales. La última tormenta perfecta está directamente relacionada con la Gala de los 25 años de los premios Goya y tiene a la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, y al presidente y vicepresidenta de la Academia, Alex de la Iglesia e Icíar Bollain respectivamente, en el oleaje de una polémica (la del pulso Sinde-De la Iglesia por la ley antidescargas). Inevitablemente marcará una ceremonia que pondrá en disputa Balada triste de trompeta, del director vasco (15 candidaturas); Pa negre, de Agustí Villaronga (14 candidaturas); También la lluvia, de Bollain (13 candidaturas) y Buried, de Rodrigo Cortés (10).

“En España somos un poco raros”, afirma Adriana Ugarte, la protagonista de la serie La señora y uno de esos rostros futuros que más vale no perder de vista. “Cuando algo nos gusta mucho estamos deseando que la cague. Creo que en el fondo es porque idealizamos demasiado a la gente. Un amigo actor me dijo una vez que el espíritu de un actor tiene que ser el del proletariado y no el de las estrella. Que en el momento que te crees una estrella te vuelves un pesado. Lo tengo muy presente y así he logrado quitarme ese alma de quejica que llevo dentro”

La queja siempre fue muy española. Aunque, como decía Andrei Tarkosvki refiriéndose a los clásicos, cuesta encontrar tanta fidelidad a la vocación creativa “casi profética” como en los españoles. En un ensayo más reciente, Mutaciones del cine contemporáneo (Errata Naturae), de Jonatahn Rosenbaum y Adrian Martin, se lanza la siguiente reflexión: “Compartimos un entorno determinado en el pelean por la hegemonía tres actitudes respecto al cine: pesimismo cultural, afirmación del mercado e ironía… […] La segunda actitud es la de los portavoces de la industria de los medios de comunicación, repitiendo las órdenes del mercado en voz alta. Los irónicos se diferencian de la corriente dominante haciendo alarde de su modernismo: siempre están a un paso por delante del mercado, para ser alcanzados tan solo en cuestión de meses (han acuñado el término independientes)”.

Aunque para independientes, Juan Cavestany. Rodó Dispongo de barcos, su segundo largometraje, durante un año, en fines de semana y gracias al trabajo sin remunerar de actores como Antonio de la Torre o Roberto Álamo “Nadie es mejor por hacerlo más independiente”, afirma el director. “Hacerlo en plan guerrilla no garantiza que la película vaya a ser buena. Yo he hecho una película pequeña no porque piense que hay que hacer las películas así, sino porque mis ganas han sido más fuertes que mi descreimiento. Quería que la película que yo tenía en la cabeza fuera luego exactamente la película que ha terminado siendo”.

El cine sigue siendo el arte que más trabajo de equipo y colaboración requiere. Y por eso, Cavestany añade: “El guionista no puede vender la película al público. El director no tiene porqué conseguir el dinero. El productor no tiene que decirle al director como se dirige a los actores. Y el distribuidor no sabe escribir guiones. Hacer cine pensando en resultados de taquilla es como un director que entre toma y toma le dice a un actor: ¡más cómico! o ¡más dramático!. El resultado va a ser casi seguro, desastroso”.

Queda esperanza. Nuevas narrativas, nuevas fronteras entre los géneros… El gallego Oliver Laxe logró en 2010 el premio de la crítica internacional de la Quincena de Realizadores de Cannes por Todos sois capitanes, una ficción documental rodada con dos duros en una escuela en Tánger. Y también el colectivo de cineastas Los Hijos (Natalia Marín, Javier Fernández y Luis López) logró colocar Los materiales (según se mire documento, experimento, ficción o investigación) en las listas elaboradas por algunas webs y revistas de las mejores películas de 2010. Así, mientras Laxe es un nómada armado con una cámara, que viaja por el valle del Draa, a las puertas del desierto, habitando los espacios que quiere filmar y telegrafiando su futuro inmediato como quien narra una incomparable aventura (“Me adentro la semana que viene en el desierto, únicamente mojar los pies un momentito, no pillo caravana ni nada por el estilo. Estoy cerrando un guión, quiero filmar a finales del año que viene, principios de 2012. Busco palmerales”), Los Hijos buscan nuevos horizontes con sus revisiones de “un cine después del cine”. En una de sus primeras películas -la miniatura de 9 minutos Ya viene, aguanta, riégueme, mátame, (2009)- este colectivo trabajó a partir de cuatro secuencias icónicas del cine español. Juntos regresaron a localizaciones originales de El espíritu de la colmena, Historias del Kronen, La ley del deseo y Amantes para respirar, respetando los encuadres exactos, las huellas de un cine cuyos espectros se resisten a desaparecer, como con uñas y dientes también se resisten a dejarnos aquellos cómicos que hace 25 años emprendieron ese viaje sin retorno a ninguna parte.

Ver reportaje.

 

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Todas las canciones hablan de mí, por Elena Medel

Elena Medel, escritora y editora, ha dedicado su columna en El País a Todas las canciones hablan de mí.

Gente normal

Ramiro Lastra corre, y corren con él nuestros ojos: corren por la plaza de España mientras ahí, al fondo, se despierta la Gran Vía, y corren por la plaza de Oriente camino de Bailén, y entonces nuestros ojos se sientan en un café y charlan y luego regresan y olvidan las Vistillas y el Viaducto, y trepan al lugar en el que una chica le asegura que puede -no solo- leer tranquilo. Por Todas las canciones hablande mí corre su protagonista, Ramiro Lastra, y le acompaña de puntillas el recuerdo de Andrea, su ex novia, y corren también las chicas con las que intenta olvidarla y sus amigos -Bruno Bergonzini, que interpreta a Lucas con ternura y humor, está espléndido-, y desde la butaca corren nuestros ojos.

La vista no se cansa por los años o el esfuerzo, sino por la rutina: mientras buscamos piso -o lo intentamos, igual que anuncia Ramiro Lastra en varios instantes, sin gran convencimiento- nos fijamos en los primeros balcones de nuestra ruta, apuntamos curiosidades y teléfonos, pero los ojos resoplan al volver la esquina y acostumbrarse a los balcones y las ventanas, y perdemos la intención a la segunda hoja, y nos conformamos con lo primero que aparezca, o regresamos a casa con las llaves de siempre. Y al encontrar ese piso, tras mudarnos -los objetos que se borran en la caja de cartón, y la alegría con la que se recuperan al desembalar-, nos topamos con el nuevo barrio y con él descubrimos tabernas que no conocíamos, y nos imaginamos brindando en ellas, y descansando en el parque que se intuye desde el portal, y al cruzarnos con sus puertas y sus bancos día tras día se nos gastan las ganas.

Por eso, por su capacidad para resetear lo aprendido y revelarlo diferente, me gusta la forma en que Jonás Trueba -el director de Todas las canciones hablan de mí- ha observado Madrid, la sorpresa con la que mira su primera película. La cámara y Ramiro Lastra avanzan por calles reales, verdaderas, sin disfrazar, las mismas por las que el espectador se demorará al abandonar la sala de cine: Jonás nos enseña una ciudad en la que, según los ojos que la miren, una fuente entorpece el paseo y un edificio nos hace el favor de ocultar otro horrible. Y me ha gustado que Jonás retrate Madrid como la ciudad imperfecta que es, que dulcifique su luz sucia, que con cariño filme esas jugarretas que tuercen a quienes la vivimos. Escribo ojos, mirar, calles: no preocupan los sinónimos. Mirar las calles: insisto.

Las canciones que hablan de Ramiro, interpretado por Oriol Vila, y en cierto modo también de Andrea, en la piel de Bárbara Lennie, suenan en las voces de Bola de Nieve, Franco Battiato -¡qué escena!- o Aroah. Sin embargo, yo regresaba a casa tras ver Todas las canciones hablan de mí, compartiendo uno de los itinerarios de su protagonista, y escuchaba música y en el reproductor saltó Common people, de Pulp: me pareció que Jonás Trueba y Daniel Gascón -el coguionista, cuyos relatos no resultan ajenos a esta historia- quizá no compartían gafas con Jarvis Cocker, pero sí su espíritu, las ganas -insisto- de mirar a la gente normal. Nos creemos que todo eso ocurra con Ramiro y Andrea porque hablan como nosotros, se parecen a nosotros: el amor se les cansa como se cansan los ojos, y sus amigos les aconsejan según lo que les cuentan en las revistas, y en los bares les rechazan y los bares los cierran, y vuelven a casa por ir a algún sitio. Una de sus conquistas reprocha a Ramiro -librero, de la abnegada raza de los filólogos hispánicos: Jonás Trueba reinventa, también, Ciudad Universitaria- que sus poemas solo hablen de amor y de sexo; él responde que no conoce mucho más. En Todas las canciones hablan de mí respira la épica de lo minúsculo, de lo cotidiano, y es a su modo una película de aventuras: una película sobre las peripecias que azotan a la gente normal, sobre lo que vertebra nuestras vidas. El amor, el sexo; no conocemos mucho más.

Todas las canciones hablan de mí es una película hermosa y delicada, sin temor a ciertos adjetivos. Late en ella el amor por Madrid, por los buenos libros y las buenas películas; el amor por el amor, también, y por la amistad. Se habla de Pizarnik y de Pessoa igual que de la novia del amigo o el jefe de la ex novia, con naturalidad, asumiendo que nos componemos de lo que hemos vivido nosotros, pero también de lo que vivieron -y nos contaron- los demás. Jonás Trueba nos invita a caminar -igual que corre, camina, se demora Ramiro Lastra- con otros ojos por la ciudad en la que vivimos, mirando de otra manera, adivinando qué historias esconde ese portal, esa cortina. Todas las canciones hablan de mí me ha entusiasmado. No se la pierdan.

Ver artículo.

Todas las canciones hablan de mí, por Carlos Reviriego en Cahiers du Cinéma

Carlos Reviriego ha escrito esta crítica de la película para Cahiers du Cinéma, donde dice, entre otras, cosas como estas:

“La melancolía no está de moda. Las nostalgias casan mal con un mundo en permanente huida. Mirar al pasado, cuando se avanza tan rápido hacia el futuro (o hacia ninguna parte), parece una bobada. Pero el desajuste contemporáneo es mayor si ese hombre melacólico es apenas un chico que estrena la treintena, todavía resolviendo los hervores de su primera educación sentimental, alguien cuyo pasado puede encerrarse en unos versos (o en unos pocos flash-backs) y a quien le queda casi toda la vida por delante. Ese hombre melancólico es Ramiro Lastra (un extraordinario Oriol Vila), el protagonista de Todas las canciones hablan de mí, enamorado de por vida de Andrea (una no menos extraordinaria Bárbara Lennie), formando una de esas parejas cinematográficas que llenan la pantalla de complicidades y sentimientos genuinos. Y también lo es, con toda probabilidad, Jonás Trueba, el autor de esta, por muchas razones, conmovedora película. […] He ahí, para empezar, la honestidad de un relato que se arriesga a ser muy personal (o biográfico), de interferencias fílmicas y literarias asumidamente transparentes.”

 

Jonás Trueba en La Gran Ilusión

La Gran Ilusión, la revista que editan desde Cines Renoir, entrevista, en el número de diciembre, a Jonás Trueba y además dedica la portada a la película.

Además, la revista incluye un texto de Santiago Racaj, director de fotografía de la película.

Sin artificios

Santiago Racaj, director de fotografía

La primera vez que hablé con Jonás Trueba sobre Todas las canciones hablan de mí percibí enseguida el pulso de un cineasta con unas ganas enormes de utilizar las herramientas que el cine pone a disposición de un narrador. Sin pretención, sin dogmas cinematográficos, solo por el placer de contruir un relato con los elementos precisos. Uno, entre otros, la imagen, la luz. Enseguida surgieron las ideas, las referencias, y oara mí fue muy fácil entender que el planteamiento, la historia y el punto de vista emergían constantemente del interior de los personajes, de sus pensamientos y sensaciones, de sus dudas e incertidumbres ante las rupturas. Me planteé crear una luz acorde con ese principio. Una fotografía que diera espacio a la luz y también a la sombra. El naturalismo y la sencillez como punto de partida. Naturalismo en la footgrafía pero no realismo. Un naturalismo trabajado en el que la luz acompaña a los personajes, forma parte de su estado de ánimo, les roza, a veces con suavidad, sin espectacularidad. Mi intención era conseguir que la luz estuviera tanto en el exterior como en su interior. Como anécdota, recuerdo a Jonás pedirme en algunas ocasiones, en algún momento sombrío de Ramiro (personaje que interpreta Oriol Vila), bajar más y más la cantidad de luz en la secuencia, y llevar esa penumbra hasta el límite del negativo. Al límite de lo que sería visible en la proyección. La película se rodó en 35mm, y ha seguido un proceso clásicoo fotoquímico en el laboratorio. No hemos recurrido a ningún tratamiento de color ni efecto digital. Queríamos una narración sincera, retratar los sentimientos sin artificios. Con Oriol Vila y Bárbara Lennie como protagonistas fue muy fácil y un auténtico placer trabajar. Sus interpretaciones quedaron latentes en el negativo, ahora para ver la película, no tenemos más que darle la vuelta a la cámara oscura.

Jonás y Daniel por Luis Alegre

Luis Alegre escribe en el suplemento “Hoy domingo” de Heraldo de Aragón uno de cada de dos domingos y nos hace mucha ilusión que el artículo del domingo 5 de diciembre lo dedicara a contar su amistad con Daniel Gascón y Jonás Trueba.

“Puede sonar un poco raro pero soy amigo de Jonás y de Daniel desde que tenían poco más de 10 años y yo tenía su edad de ahora.”

“Daniel, a los 12 años, publicaba ya críticas literarias. Con eso está dicho que a Daniel le encantaba leer y escribir y que tenía la capacidad necesaria para analizar un libro, algo realmente extraño a su edad. Pero lo que con eso no está dicho es su brillantez y su falta de pedantería. Daniel era lo contrario de un niño repelente. Daniel no era ningún friki. […] En las cenas, Daniel escuchaba mucho y hablaba poco pero, cuando lo hacía, no te olvidabas de lo que decía. En esas cenas se hablaba de lo de siempre, de peliculas, de libros, de discos, de fútbol, de amigos y de los disparates de nuestras vidas.”

“Luego, cuando yo iba a Madrid, me solía alojar en su casa y Jonás me acogía en su cuarto. […] Jonás leía, escribía, veía películas y, aunque no lo gritaba, aspiraba algún día a ser uno de esos que las hacían. Jonás siempre tenía cerca una cámara y con ella grabó algunas de mis gansadas. Yo dormía en la cama de al lado de la suya. Nos contábamos nuestras cosas, los pequeños sueños posibles, las grandes chicas imposibles.”

“Con Jonás y Daniel llegué a tener la sensación de compartir una idéntica educación sentimental.”

“Jonás y Daniel, tan distintos, compartían miles de ocsas, más allá de su precocodad y de su pasión por los libros, las películas y las chicas. […] Jonás y Daniel se han integrado sin rozaduras en el mundo de la generación de sus padres y han asumido sin complejos muchas de sus inquietuas y referencias. Pero, al mismo tiempo, se han empapdo de lo mejor de su propia generación y no han permitido contaminarse de lo peor.”

 

Jonás Trueba en Versión muy original

Gregorio Belinchón dedica hoy una entrada en su blog Versión muy original, en El país, a Jonás Trueba. La reproducimos a continuación:

Jonás Trueba ha presentado en el certamen de Gijón su primera película como director, Todas las canciones hablan de mí, un singular recorrido por un Madrid aparisinado, el desamor y la vuelta al amor de un chico que trabaja en una librería de viejo. Antes de que el filme se estrene el 10 de diciembre, en dos viernes, el hijo de Fernando ya tiene otra película en mente. Y así nos lo contó en Gijón.

Trueba tiene el cine en sus venas. A sus 29 años ya ha coescrito los guiones de Más pena que Gloria, Vete de mí y El baile de la Victoria. Tiene su blog y un montón de opiniones claras: en Todas las canciones hablan de mí hay innumerables referencias a Jean Eustache, Valle-Inclán, François Truffaut, Milan Kundera y algún guiño allienano (el poster de su debut contiene una clara imagen seudoManhattan). Su protagonista, encarnado por Oriol Vila, lee, escribe, escucha música, pasea y ve el cine en casa, junto a su chica (Bárbara Lennie, en la foto con el director en el rodaje). ¿Películas en un monitor? ¿Y las salas? ¿Cómo un cinéfilo como Jonás Trueba no ha sacado ni un cine? “Ahí está mi segunda película. Estoy escribiendo el guión ahora”. El cineasta tiene el corazón del filme. “Va de gente que entra y sale del cine, entra y sale, entra y sale. Se cruzan, charlan”.

Trueba va a jugar con esas conversaciones cruzadas, con esa gente que disfruta aún de las salas. “Me gusta el cine, está claro. Es un posible buen homenaje”. Como en Todas las canciones hablan de mí, muy pegada al Madrid que conoce, y en todos sus trabajos como guionista, suponemos que el director también rodará en sus cines de Madrid. Trueba está perfilando los personajes y pronto podrá contar más cosas.

Ver en el blog.

Todás las canciones hablan de mí en Generación Young

El blog de cine de Generación Young hace una crónica del paso de Todas las canciones hablan de mí por el Festival de Gijón. Aquí os la dejamos:

Nos fuimos este fin de semana a Gijón, los de Generación Young, para tantear el festival de cine que allí se celebra cada año. No era la primera vez que íbamos. Constante en el certamen asturiano son la calidad de las cintas exhibidas… y la lluvia que suele empapar a los asistentes. En esta 48ª edición, para no faltar a la regla, ha estado lloviendo durante todo el primer fin de semana. ¿Y la calidad? Con remitiros a ‘Todas las canciones hablan de mí’, de Jonás Trueba, sabréis que es máxima. Dentro, más sobre esta cinta que arrancó una ovación en el Teatro Jovellanos.

La ópera prima del hijo de Fernando Trueba es un homenaje claro al cine francés de la nouvelle vague. Tanto en su forma, por la separación del metraje entre capítulos, como en el fondo, por esa historia de amor entre sus protagonistas que ayuda a reflexionar sobre la duración de las relaciones, la base que une a la personas y qué carajo es lo que buscamos en una pareja. Todo, con un poso existencial que nos recordó mucho a ‘El amor después del mediodía’, de Eric Rohmer.

Cuando le puse el título, tuve miedo de que los espectadores pensaran que esto era lo que no es“, afirmaba Jonás Trueba en la rueda de prensa previa al pase de la cinta. Junto a él estaban Gerardo Herrero, el productor del proyecto. También la actriz protagonista, Bárbara Lennie, quizás la más acertada ante la cámara. A ella, que interpreta a la mujer que abandona su relación de seis años con su novio, la recordaréis por su nominación al Goya como mejor actriz revelación por ‘Obaba’, la adaptación de Montxo Armendáriz del libro de Bernardo Atxaga. Y los más televisivos, por su aparición en la quinta temporada de ‘Amar en tiempos revueltos’.

Y por supuesto, la música juega un papel fundamental en la película. Para su protagonista, Ramiro Lastra, el novio abandonado interpretado por Oriol Vila, esos momento de pérdida, de desorientación, los suple con las letras de algunas canciones. Y aquí nace una banda sonora con la firma de Franco Battiato (‘La estación de los amores’), Aroah (‘Canción para follar’), Nacho Vegas (‘Crujidos’) y Christina Rosenvinge (‘Lo siento’).

Ahora será el jurado del festival dirigido por José Luis Cienfuegos quien decida la ganadora. Pero el aplauso del público tras el pase de la cinta fue unánime. Hubo risas -y una congoja final en la garganta- durante su proyección. ¿Habrá ganador español este año en Gijón? De momento, lo que es seguro es que el 10 de diciembre es su fecha de estreno en los cines españoles.